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En los galpones del Sarmiento


En los galpones del Sarmiento, entre Haedo y Morón, hay un pozo de los deseos. Para algunos, milagroso. Para los demás, una sucursal del infierno. Por ejemplo, un hombre que deseaba con locura a una mujer, nació de nuevo, dentro de ella. Otro, que soñaba despierto con el dinero que nunca tuvo, purga una larga condena en prisión por vender un riñón sin declararlo al fisco. Cuando pasan cerca, los mótorman apuran la marcha y se encomiendan a la Virgen del Buen Viaje, especialmente desde que los señaleros hicieron circular la versión de que un rápido Once-Moreno nunca llegó a destino. Culpa, dicen, del conductor, que al pasar cerca del pozo deseó con vehemencia cambiar de piel. Desde entonces ni siquiera los crotos se le arriman, por temor a que sus deseos cobren formas impensadas o tardías. Lugar bendito o maldito, según caiga la moneda, o el alma de quien lo invoque.
Algunos lo llaman punto ciego.
Otros, pozo de sombra.

A cada cual lo suyo...

Energúmeno



Vengo a contar una historia. En verdad, no sé si vengo a contarla yo a ella o si es la historia que eligió contarse a traves mío. En cuyo caso yo vendría a ser un poco su “domicilio”, o también el lugar del hecho, si bien los hechos fueron mas de uno y ocurrieron mas bien fuera de mí o para ser mas preciso a mi alrededor, incluyendo en este ítem a mi mujer, a mis dos hijos y a mi largamente deseado y recientemente adquirido suzuki fun 2004, cuatro puertas, aire y dirección, chiche bombón, joya joya nunca taxi ni remís. En cuyo caso bien podría tratarse de la historia de cómo mi suzuki fun fue asediado por un energúmeno al volante de un micro camello dos pisos y terraza del Expreso Saldungaray, altura peaje San Vicente, en cuyo caso bien podríamos caratular esta historia bajo el sugestivo y metafórico título de, dos puntos: “Se me llenó el culo de preguntas”.

Toda la verdad...


Es preciso que sepas toda la verdad –dice ella.
toda la verdad, dice él; quedáte tranquila.
Parece firme, seguro, sereno.
Qué. Qué es lo que sabés. A ver, veamos, pregunta ella, incrédula, desafiante.
Que tu hermana y vos... bueno, que vos y ella, en fin, dice él, con una suerte de pudor...

Gato en tren


En las inmediaciones de la estación Floresta, un hombre correctamente vestido, que viaja hacia el Centro con una bolsa de arpillera conteniendo (al menos) un gato, comienza a patear y golpear la bolsa contra el piso, para sorpresa y horror de los demás pasajeros. La feroz paliza (y las quejas del animal) se repiten hasta llegar a la estación Caballito, donde ya no hay respuesta al castigo.
Los pasajeros, indignados, se compaden en voz baja de la desdichada suerte del gato, pero rápidamente cambian de tema o guardan prudente silencio al verse sorprendidos por la mirada amenazante del hombre... 

Poli


Poli, el kioskero de la curva de Gaona y Rosales, murió la semana pasada. Cáncer fulminante, como se suele decir en estos casos.
Otras cosas se decían de Poli. Que le gustaban las menores de 15. Y que comía su propio desperdicio. Creo que hay una enfermedad que se llama así, coprofagia, o algo así. Ahora se pudre. Me refiero a Poli, el kioskero de la curva de Gaona y Rosales. Él mismo se convierte en desperdicio. Hace una semana lo estábamos velando, los vecinos, los que lo conocimos de toda una vida. También se hablaba de su fenomenal y considerable virilidad. Una semana después puedo imaginar a Poli pudriéndose en la oscuridad, bajo tierra, sólo, con la portátil afónica, o muda también ella, por más pilas alcalinas y hostia consagrada, que el tiempo todo lo silencia. Porque Poli se fué a la tumba con la portátil sintonizada en radio Continental. Última voluntad. Expreso pedido. Fué así que un minuto antes de tapar el féretro Beba, la mujer del Coco Ludueña, le calzó los auriculares con Radio Continental (Mario Mactas leyendo una receta de comidas) y hasta la vista Poli. O hasta nunca...

Cuenta mi bisabuelo


En la esquina de Videla y Fuyimori pusieron uno de esos boliches donde se tortura. Por un precio módico se puede disponer de un servicio de apremios y dolores atroces, inimaginables. Parece ser que alguna vez funcionó allí una casa de electrodomésticos. Porque antes, cuenta mi bisabuelo, pero mucho antes, las casas no venían con electrodomésticos. Se compraban por separado. El que podía. El que no, se arreglaba, o se embromaba, allá él. Eso dice mi bisabuelo, desde el mas allá. Tampoco estaba bien visto esto de hablar con los muertos. A veces me pregunto de qué sirve, ahora que mis antepasados se reúnen dos veces por año a discrepar alegremente y ocupan todas las pantallas de la casa y lo único que dicen son estupideces encimadas que nadie entiende ni atiende.
Antes, dice mi bisabuelo, era distinto...