Murciélago


de un tiempo a esta parte
llueven lunas
objetos no-llovidos
malas noticias augurios
silenciosos
falsos rumores tripas
astrolabios

hace ya un tiempo
que toda piel se
escama
y llueve sangre
hasta en los veladores
y espíritus
que hasta hace poco fueron
carne
suben y bajan
del sótano a la luna
sin saberse de nada
sin sabernos
porque sí
porque nada
se lo impide

nada de esto
debiera sorprendernos
encienda usted la radio
el canal de noticias
la verdad está ahí
mortificada
imperios arrasando
gallineros
la aldea global
recalentada
y el circo gentil
de la barbarie
en prácticas recetas
de cocina

es bueno saber que lo
genuino
está lejos, bien lejos de
esta muerte
este engaño de no ser
apenas siendo
de durar como maleza
como parvas
rodeados de cajitas
descartables
sitiados por la pena
laberinto
placebo placentero
cascanueces
y la patria, toda esta
nadería
la patria la
patria
de lo que no se logra
y adentro bien adentro
se nos pudre
(la patria sin bombachas
con las tetas colgando
campanadas
resonando
en boca del más
sordo...)

sí, es bueno
saber que llueven
sopas
y peces de colores
y galochas
y el noticiero nos fuerza
el optimismo
so pena de quedar
fuera del tarro
con los pies agarrados
de la dicha
como murciélagos

PINTER Y EL NOBEL

Y bien, no se trata de un simple discurso. Ni siquiera del discurso de aceptación de un premio. Aunque ese premio sea nada menos que el Nobel. Pero este increíble batallador aprovecha la circunstancia para hacerle un corte de mangas a la muerte. Y con qué altura, con qué exquisita ironía, con qué brutal libertad...

Llamarse Juan...


Te llamás Juan. En algún sentido, viniste al mundo a eso. En algún sentido, todos venimos al mundo a llamarnos (a que nos llamen) de una u otra manera, y a cumplir mandatos, o a des-cumplirlos, que es una forma paradojal de cumplirlos, o de dejarse atrapar por ellos.
Por lo demás me sospecho que esta cuestión de lo paradojal te debe tener bastante sin cuidado y está bien que así sea. En lo personal te confieso que hasta ahora tanto especular y reflexionar sobre el tema no me ha servido de nada, y sin embargo cada noche mientras dormís y soñás tu sueño de dibujo animado, gasto teclados buscando respuestas a preguntas que ya eran viejas antes de ser formuladas. Preguntas que siguen ahí, sin respuesta, agazapadas, como un falso acertijo que cambia de forma un segundo antes de darse por resuelto...

Toda la verdad...


Es preciso que sepas toda la verdad –dice ella.
toda la verdad, dice él; quedáte tranquila.
Parece firme, seguro, sereno.
Qué. Qué es lo que sabés. A ver, veamos, pregunta ella, incrédula, desafiante.
Que tu hermana y vos... bueno, que vos y ella, en fin, dice él, con una suerte de pudor...

Gato en tren


En las inmediaciones de la estación Floresta, un hombre correctamente vestido, que viaja hacia el Centro con una bolsa de arpillera conteniendo (al menos) un gato, comienza a patear y golpear la bolsa contra el piso, para sorpresa y horror de los demás pasajeros. La feroz paliza (y las quejas del animal) se repiten hasta llegar a la estación Caballito, donde ya no hay respuesta al castigo.
Los pasajeros, indignados, se compaden en voz baja de la desdichada suerte del gato, pero rápidamente cambian de tema o guardan prudente silencio al verse sorprendidos por la mirada amenazante del hombre... 

Fugaz



“No ser un hombre,
ser la proyección del sueño de otro hombre,
qué humillación incomparable,
qué vertigo!”





Soñaste que soñabas. Despertaste una sola vez, dentro de otro sueño, el primitivo. Y seguiste viviendo como si soñaras. O soñando como si vivieras. No desesperes. Es mas común de lo que creés. Incluso de lo que quisieras creer. Y se convive fácilmente con los "no soñadores", esto es, con los que milagrosamente tienen sus sueños al día. Por así decirlo. O soñarlo. Esto explica cierta fenomenología que parapsicólogos y demás alquimistas de la ley de gravedad se atribuyeron en un comienzo, desvergonzadamente...

Vampiro


Viajé con un vampiro. En el Castelar de menos veinte. Él, sentado del lado de la ventanilla. Yo, parado. Agarrado como podía de un pasamanos mientras él me espiaba a través de las páginas de un Clarín. Sé que pueden hacerlo. Y ellos saben que yo sé. Como que nos conocemos de toda una vida. O desde antes, desde mucho antes.
En eso se levanta y le cede el asiento a una viejita, muy simpática, muy inocente ella...
 Mi sospecha se ve plenamente confirmada: Nosferatu camada 1835; llegaron a América haciéndose pasar por esclavos a los que chupaban la sangre durante los largos, interminables viajes. Una vez establecidos en esta tierra, fueron refinando el paladar con niños y ancianas. Como ésta, que no le quita la vista de encima. Romance en puerta? Si supiera... (a lo mejor  lo sabe...)

Perecer


Para salvarme, pereceré. Ya está decidido. Cansado de todo. Hasta del cansancio. Nunca supe si buscar una salida o encontrar una entrada. Nunca supe nada. Es decir, de alguna forma (cuál?) lo supe todo. Por eso voy a perecer. Ahora que mi tabla de salvación se hundió en forma irremediable en un mar de aceite. Y mi caballito de madera contrajo el parvo-virus. Ahora que sé, que aprendí, que nadie puede desmentir esta verdad a ciegas: la muerte también puede ser una victoria. Como en aquella vieja historia del esclavo suicida: antes de quitarse la vida, tuvo la delicadeza de maldecir a su amo. "Sin mí, tendrás que hacer lo que yo hacía, cargar con ese peso, hasta tendrás que cavar la fosa donde enterrar mis huesos... ves esta arma? Dos balas. Sólo dos. Sí, me doblegaste, en tu victoria estaba tu derrota..."
Y acto seguido incrustó una de las balas en la rodilla derecha de su ex - amo, condenándolo a vivir el resto de sus días colgado de una prótesis. La segunda bala le propició una muerte inmediata y dignísima. Al esclavo.
Por eso, por la honrosa memoria del esclavo, decidí salvarme, pereciendo. Perecer. Perecer. Dice el diccionario: "curiosa voz que conjuga a un mismo tiempo muerte y pereza..."
Vinieron hormigas...

Y el año pasado, arañas. Se van turnando, se diría que se ponen de acuerdo. Una tarde de agosto mi mujer abrió la puerta del placár del baño y lo llenó de insecticida. Cuando se comparte una vida en detalle, las redundancias pesan como el tedio. Preparáte, me dijo, será un año difícil. Y sacudió el aerosol y las exterminó, o así creímos. Fué una escaramuza menor en comparación con lo que nos esperaba. Están en toda la casa y en las habitaciones “de servicio”. Ya desayunaron a nuestros perros, a nuestros padres (y en eso les estamos secretamente agradecidos) y hasta a un cartero que alcanzó a dejar una boleta de la luz en la casilla de correo. Víctima del deber. El caso no tomará estado público porque los vecinos (que nos odian, como buenos plebeyos) montan guardia en las esquinas y no dejan filtrar la mas mínima sospecha de lo que ocurre. Esperamos un fin atroz, infinitamente doloroso, mucho más que todos los dolores que hemos provocado abierta o indirectamente. No les daremos el gusto de hacernos oír, ni de escapar abandonando nuestra fortaleza, que nos llevó más de una vida construír, y unas cuantas vidas ajenas.
El reloj acaba de dar las doce. Delicadamente ponemos un pié en el umbral de un nuevo día. Ni siquiera una botella de Savignon para celebrar el milagro. Mi mujer alza las cejas y suspira, más dormida que despierta. En un par de horas debe suplantarme en la guardia de la madrugada. Y hasta entonces? No podría jurar que soportaré el sueño ni el desgano. Qué sentido tiene todo esto? Nunca lo supe. También es cierto que nunca me lo pregunté.
El piso tiembla, cruje brevemente. Pronto se habrá terminado. Incluso las palabras tienen un techo. Incluso ellas.

Poli


Poli, el kioskero de la curva de Gaona y Rosales, murió la semana pasada. Cáncer fulminante, como se suele decir en estos casos.
Otras cosas se decían de Poli. Que le gustaban las menores de 15. Y que comía su propio desperdicio. Creo que hay una enfermedad que se llama así, coprofagia, o algo así. Ahora se pudre. Me refiero a Poli, el kioskero de la curva de Gaona y Rosales. Él mismo se convierte en desperdicio. Hace una semana lo estábamos velando, los vecinos, los que lo conocimos de toda una vida. También se hablaba de su fenomenal y considerable virilidad. Una semana después puedo imaginar a Poli pudriéndose en la oscuridad, bajo tierra, sólo, con la portátil afónica, o muda también ella, por más pilas alcalinas y hostia consagrada, que el tiempo todo lo silencia. Porque Poli se fué a la tumba con la portátil sintonizada en radio Continental. Última voluntad. Expreso pedido. Fué así que un minuto antes de tapar el féretro Beba, la mujer del Coco Ludueña, le calzó los auriculares con Radio Continental (Mario Mactas leyendo una receta de comidas) y hasta la vista Poli. O hasta nunca...

Cuenta mi bisabuelo


En la esquina de Videla y Fuyimori pusieron uno de esos boliches donde se tortura. Por un precio módico se puede disponer de un servicio de apremios y dolores atroces, inimaginables. Parece ser que alguna vez funcionó allí una casa de electrodomésticos. Porque antes, cuenta mi bisabuelo, pero mucho antes, las casas no venían con electrodomésticos. Se compraban por separado. El que podía. El que no, se arreglaba, o se embromaba, allá él. Eso dice mi bisabuelo, desde el mas allá. Tampoco estaba bien visto esto de hablar con los muertos. A veces me pregunto de qué sirve, ahora que mis antepasados se reúnen dos veces por año a discrepar alegremente y ocupan todas las pantallas de la casa y lo único que dicen son estupideces encimadas que nadie entiende ni atiende.
Antes, dice mi bisabuelo, era distinto...